Cuando Virginia Graham y Veronica “Ronnie” Howard terminaron de escuchar la historia se quedaron en silencio, pensativas y algo asustadas. No tanto por ser ajenas al nerviosismo implícito que conlleva cometer delitos ni mucho menos por la angustia de verse perseguidas por la ley. Ellas habían experimentado esas sensaciones en múltiples oportunidades. Esta vez el miedo radicaba en que, quien relató lo escuchado, parecía estar “iluminada” por algún designio espiritual, tan chiflada como el supuesto Mesías a quién rendía culto y nada más y nada menos compartía junto a ellas, la celda 800 de la California State Prison. Dispersa y algo efusiva, Susan Denise Atkins pidió un sorbo de agua para calmar su sed y sin más relatos que contar decidió alistarse para dormir, el reloj del pasillo marcaba las dos treinta y tres de la madrugada y sus fuerzas no daban para más intercambio de palabras.Mientras, las otras dos se miraban atónitas y entre murmullos y susurros decidieron esperar a que su compañera se rindiera en el más profundo de los sueños para comentar cada una de las piezas de ese truculento rompecabezas.
En medio de la penumbra recapitularon cada una de las frases con las que iniciaron la conversación. Ambas recordaron que todo había comenzado discutiendo sobre las alucinaciones que producía el LSD cuando lo tomaban con alcohol y una dosis de buen sexo. De repente, con cierta emoción incontrolada, Susan Denise se exaltó de tal manera que sus palabras fluyeron sin cesar, sin dar tregua entre una y otra, como el torrente sanguíneo que estalla tras una herida en las venas. Habló de una supuesta profecía apocalíptica que tendría como escenario Spahn Ranch, el caserío perdido en el Death Valley en el que vivía junto con otros “fieles” y en la que un tal “Charles” tomaría el liderazgo de la guerra entre “blancos y negros”. Ante la sorpresa de quienes escuchaban sus desvaríos, Susan Denise recobró la calma, respiró profundamente y con la mirada perdida y las rodillas abrazadas hacia su pecho, fijó la mirada en Virginia y mencionó las siguientes palabras:
-“Mirándote a los ojos puedo percibir que eras una buena persona, por ello llegó la hora de que sepas toda la verdad. La policía no tiene ni la menor idea sobre las muertes ocurridas en Benedict Canyon. ¡Son unos estúpidos si piensan que sus pistas los conducirán a los asesinos!”
-“¿De qué hablas Susan? ¿A qué te refieres con eso del Benedict Canyon?” –respondió Virginia preocupada.
-“Pues no has oído hablar de Sharon Tate, Jay Sebring y los otros?”
-“Si, sé que murieron hace unas semanas pero conoces quién cometió los asesinatos? ¿Qué sabes y qué tienes en mente?”
-“Si, los conozco. En estos momentos estás mirando a una de las asesinas”.
Volvió el silencio. Verónica, acostada en su litera, sintió escalofríos al ver cómo Susan pasaba de la euforia a una especie de limbo exagerado, al letargo que se produce luego de explayar con detalles la verdad retenida. Cada hecho relatado contenía una dosis macabra e inescrupulosa de acciones que si bien parecían ficticias, sacadas de una novela oscura y sórdida, no dejaban dudas de ser producto de la más terrible realidad: las puñaladas en el cuerpo de las víctimas, los gritos de terror de Sharon Tate pidiendo ayuda con un bebé de ocho meses en su vientre, los disparos en el jardín, los efectos de la cocaína ingerida, la exaltación que siente el victimario al percibir el poder que tiene frente a la víctima, las canciones de Los Beatles y su conocida “Helter Skelter”, las órdenes de Charles Manson, la hermandad que siempre obtuvo de “La Familia”, las súplicas de Leno y Rosemary La Blanca, esa extraña pareja adinerada que sufrió el mismo destino que los primeros cinco, veinticuatro horas después. Todo ello se confabulaba para estimularla a dar fin a la vida de estos pobres seres, quienes morían degollados, uno a uno, en la más patética de las carnicerías.
Ataron cabos, se pusieron de acuerdo. Esta mujer que cohabitaba con ellas tras las rejas había sido partícipe del escándalo, de la terrible muerte de la esposa del famoso director Roman Polanski y de otros sangrientos homicidios ocurridos antes y después de esa noche espantosa del 09 de agosto de 1969. No cabía la menor duda, por más imaginación que se pueda tener, relatar con tanta precisión unos hechos tan atroces y salvajes sólo puede provenir de alguien que no sólo los presenció en primera fila, sino que además participó en la ejecución de cada una de las muertes. Por ello el miedo, la sensación de peligro, la necesidad de decírselo a quiénes custodiaban los pasillos de la cárcel. En un tácito acuerdo, decidieron esperar el sonido del timbre que indicaba la rutina diaria. Horas después, Virginia Graham advertía a sus celadores que Susan Denise Atkins había pasado toda la noche contando historias terribles y que pese a ciertas demostraciones de locura, ella aseguraba haber perpetrado espantosos crímenes en las afueras de Los Ángeles bajo las órdenes de un tal “Gurú” Charles Manson.
Semanas después, el fiscal acusador Vincent Bugluosi levantaba cargos contra los miembros de “La Familia Manson” en lo que fue uno de los crímenes más sonados de los años 60´ en los Estados Unidos. El móvil nunca fue precisado; para unos se trataba de una secta satánica que buscaba algún tipo de venganza contra la lujuria en la que vivían las personas que fueron asesinadas, inspirados todos en las melodías de Los Beatles. Este supuesto, conjugado con los discursos místicos y semi-religiosos de un supuesto fin del mundo, influyeron en las débiles mentes de los delincuentes quienes seguían a ciegas las decisiones del líder del grupo. Para otros, una venganza planeada contra Terry Melcher, un productor que se había negado a grabar canciones de Charles Manson por considerarlo un músico mediocre, antiguo arrendatario de la casa donde se encontraban los cadáveres, había sido el motivo principal de tan cruenta historia. Lo cierto es que nunca se conocieron a ciencia cierta los motivos de estos terribles acontecimientos y pese a haber sido sentenciados a la pena de muerte, varios de los miembros de “La Familia Manson” siguen con vida pagando sus crímenes con cadena perpetua, resultado de un cambio en la legislación californiana. Los familiares de las víctimas, luego de muchos años, aún buscan las respuestas a tantas y tantas preguntas, quizás también entonando una de las frases de esa tan extraña Helter Skelter: “Tell me tell me tell me the answer”.
Monday, May 3, 2010
“Tell me tell me tell me the answer”. Helter Skelter, canción de Los Beatles.
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