Wednesday, May 19, 2010

Catalina de Aragón y yo


Todo parece indicar que Catalina de Aragón y de Castilla, hija de Fernando II, Rey de Aragón e Isabel de Castilla (mejor conocida como Isabel “la Católica”) vino a este mundo a pasar penurias y tristezas, pese a ostentar los más prestigiosos títulos a los que cualquier mortal pudiera aspirar. Desde temprana edad hasta su muerte, siempre estuvo entre la espada y la pared, sufriendo los designios de quienes dirigían su destino, más atentos a los intereses y alianzas políticas que a su propia felicidad. Como bien aconsejó Hernando de Pulgar a la Reina en 1478, “Si su Alteza nos da dos o tres hijas más, en el curso de los veinte años tendréis el placer de ver a vuestros hijos y nietos en todos los tronos de Europa”, porque el nacimiento de mujeres, pese a equipararse a un castigo (debido a las leyes Sálicas que imperaban en ciertas partes del viejo continente), aseguraba la alianza con los varones herederos de otros reinos. Y así sucedió con Catalina: a los dos años su padre ya barajaba la posibilidad de comprometerla con Arturo, príncipe de Gales e hijo del Rey Enrique VII, para derrotar en conjunto a la vecina Francia. Para 1500-valga resaltar, a sus 15 años- la infanta ya estaba comprometida y enviada a la distante Woodstock para las ceremonias oficiales. Es allí, en la flemática y gris Inglaterra donde comienza su largo calvario: desde verle la cara por primera vez a su futuro esposo, aprender el idioma y acostumbrarse a la cultura anglosajona, hasta lidiar con cada uno de los integrantes de la Corte Inglesa.

La relación con Arturo duró muy poco. Y no precisamente por incompatibilidad de caracteres, sino porque con apenas unos meses de casados y sin que el matrimonio se consumara, Arturo enfermó de una extraña peste denominada “la enfermedad de la transpiración” y murió sin poder ni siquiera ver a su consorte en “paños menores”. La joven Princesa de Gales quedó viuda, a la deriva y con un futuro tan incierto como el de cualquier país del Tercer Mundo. Para evitar que la niña y su nada despreciable dote fueran devueltas a España, Enrique VII llegó incluso a maquinar la incestuosa idea de casarse con su nuera, situación que fue evitada gracias a la reacción de Fernando e Isabel; antes de ver a su pequeña involucrada con un viejo baboso y “asaltacunas”, aceptaron que Catalina se casara con su joven cuñado, Enrique VIII, quien al menos sería contemporáneo con ella y no le causaría tanto miedo a la hora de ir al lecho nupcial. Tras resolver el gran dilema que representaba si la niña aún era virgen o no (de haber perdido su virginidad, otra historia hubiese ocurrido), se decidió que para continuar con la alianza anglo-española y los jugosos beneficios de esta unión, el Papa emitiría una dispensa mediante la cual se aboliría cualquier impedimento para el nuevo compromiso y al verano siguiente (porque esta gente no andaba con retrasos burocráticos ni dilaciones eternas como en nuestra Asamblea Nacional) la niña volvería a vestir de blanco para casarse por segunda vez.

Su nuevo marido resultó ser todo un galán de cine, quien no sólo conquistó el corazón de su inocente esposa, sino el de muchas jovencitas quienes muy gustosas y sin dudarlo, pasaban la noche con el Soberano. Se llegó a decir incluso que “no había joven más agraciado en el mundo que el príncipe de Gales”. Las infidelidades de su esposo la atormentaron terriblemente, pero lo que más la desquició fue la imposibilidad de concebir hijos varones para satisfacer las exigencias de su cónyuge y las de Inglaterra. Fueron muchos los intentos y sufrimientos que padeció (unido a las condiciones de la época pues para entonces no existían ni ecosonogramas, ni amiosintesis, ni pruebas de embarazo, ni médicos especialistas en fertilidad que la pudieran ayudar a lograr su cometido). Todo se dejaba a la gracia divina, a la buena suerte, a los presagios de astrólogos y brujas que nunca daban “pie con bola”.

Catalina hizo lo posible y hasta lo imposible y ni siquiera por tanto sacrificio fue debidamente agradecida. Engendró un primer hijo varón en 1510, pero éste murió tras el alumbramiento; luego concibió a otro, pero éste sufrió el mismo destino que su antecesor, al morir 52 días después de su nacimiento. Un aborto en 1513, otro parto en 1514 y finalmente, un nacimiento exitoso pero –tristemente- de sexo femenino: una niña, llamada María I de Inglaterra en 1516, quien pese a las batallas desencadenadas por su madre, nunca pudo coronarse Reina. ¡En menos de 6 años, Catalina estuvo embarazada 5 veces! Un índice incluso más alto que la tasa de embarazos y abortos de la Maternidad Concepción Palacios. El nacimiento de un varón se hacía esencial para Enrique VIII, hasta que apareció la femme fatale, Ana Bolena. Con la entrada en escena de ésta última, quien fuera tildada de cortesana malvada y hereje, la historia dio un giro completamente inesperado. Enrique VIII, rendido ante los encantos de Ana, humilló a Catalina, hasta el punto de despojarla de su título de Reina Consorte; se separó de la Iglesia Católica desafiando al mismísimo Vaticano y a sus aliados españoles y de paso, la confinó en Ampthill, en Buckden y en el castillo de Kimbolton hasta el fin de sus días. Todo esto por no haberle dado un hijo varón.

Pues bien, yo creo que si Catalina hubiese sabido de mi existencia, la envidia la hubiese corroído mucho más que cuando tuvo que convivir con la descarada Ana Bolena en la Corte. Es más, estoy segura que hasta me hubiese ofrecido ser su cortesana recompensándome con títulos y metales preciosos para obtener un poco de lo que para ella es mi buena suerte. Primero, porque a mis padres nunca se les ocurrió comprometerme en contra de mi voluntad. Las veces que aprobaron a algún novio de turno, en silencio rezaban para que se consolidara la unión pero en el fondo sabían de mi carácter rebelde y algo egoísta. ¡Así que yo decidía con quien estar! Por otro lado, casarse a temprana edad siempre me ha parecido un crimen contra la humanidad, más aún para las mujeres quienes, inexorablemente, de darse dicha circunstancia, terminan dejando a un lado parte de sus aspiraciones y metas personales para dedicarse a la casa, a los hijos e incluso al marido. Teniendo 34 años aún le tengo terror a todas las implicaciones que conlleva la vida en pareja. Y creo que para ella, la peor noticia es que, sin buscarlo, estoy embarazada de un muy sano varón que cada día crece más y más, ocupando grandes dimensiones de mi cuerpo y consumiendo casi toda mi energía. El día de mi última consulta, cuando finalmente supimos su sexo pensé mucho en Catalina de Aragón, quien siempre deseó un descendiente varón para asegurar la continuación de la dinastía Tudor y nunca pudo. Y a mí se me hizo tan fácil y tan natural, sin presiones ni mil intentos. El día que mi bebé nazca la recordaré más que nunca y cuando crezca le contaré esta historia para que vea lo mucho que han sufrido las mujeres durante tantos y tantos años. Por eso, yo también quería un varón…

Caracas, mayo 2010.

Las frases citadas fueron tomadas del libro de Antonia Fraser: “Las Seis Esposas de Enrique VIII”. Editorial Javier Vergara, 1998.

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