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Todo parece indicar que Catalina de Aragón y de Castilla, hija de Fernando II, Rey de Aragón e Isabel de Castilla (mejor conocida como Isabel “la Católica”) vino a este mundo a pasar penurias y tristezas, pese a ostentar los más prestigiosos títulos a los que cualquier mortal pudiera aspirar. Desde temprana edad hasta su muerte, siempre estuvo entre la espada y la pared, sufriendo los designios de quienes dirigían su destino, más atentos a los intereses y alianzas políticas que a su propia felicidad. Como bien aconsejó Hernando de Pulgar a la Reina en 1478, “Si su Alteza nos da dos o tres hijas más, en el curso de los veinte años tendréis el placer de ver a vuestros hijos y nietos en todos los tronos de Europa”, porque el nacimiento de mujeres, pese a equipararse a un castigo (debido a las leyes Sálicas que imperaban en ciertas partes del viejo continente), aseguraba la alianza con los varones herederos de otros reinos. Y así sucedió con Catalina: a los dos años su padre ya barajaba la posibilidad de comprometerla con Arturo, príncipe de Gales e hijo del Rey Enrique VII, para derrotar en conjunto a la vecina Francia. Para 1500-valga resaltar, a sus 15 años- la infanta ya estaba comprometida y enviada a la distante Woodstock para las ceremonias oficiales. Es allí, en la flemática y gris Inglaterra donde comienza su largo calvario: desde verle la cara por primera vez a su futuro esposo, aprender el idioma y acostumbrarse a la cultura anglosajona, hasta lidiar con cada uno de los integrantes de la Corte Inglesa.
La relación con Arturo duró muy poco. Y no precisamente por incompatibilidad de caracteres, sino porque con apenas unos meses de casados y sin que el matrimonio se consumara, Arturo enfermó de una extraña peste denominada “la enfermedad de la transpiración” y murió sin poder ni siquiera ver a su consorte en “paños menores”. La joven Princesa de Gales quedó viuda, a la deriva y con un futuro tan incierto como el de cualquier país del Tercer Mundo. Para evitar que la niña y su nada despreciable dote fueran devueltas a España, Enrique VII llegó incluso a maquinar la incestuosa idea de casarse con su nuera, situación que fue evitada gracias a la reacción de Fernando e Isabel; antes de ver a su pequeña involucrada con un viejo baboso y “asaltacunas”, aceptaron que Catalina se casara con su joven cuñado, Enrique VIII, quien al menos sería contemporáneo con ella y no le causaría tanto miedo a la hora de ir al lecho nupcial. Tras resolver el gran dilema que representaba si la niña aún era virgen o no (de haber perdido su virginidad, otra historia hubiese ocurrido), se decidió que para continuar con la alianza anglo-española y los jugosos beneficios de esta unión, el Papa emitiría una dispensa mediante la cual se aboliría cualquier impedimento para el nuevo compromiso y al verano siguiente (porque esta gente no andaba con retrasos burocráticos ni dilaciones eternas como en nuestra Asamblea Nacional) la niña volvería a vestir de blanco para casarse por segunda vez.
Su nuevo marido resultó ser todo un galán de cine, quien no sólo conquistó el corazón de su inocente esposa, sino el de muchas jovencitas quienes muy gustosas y sin dudarlo, pasaban la noche con el Soberano. Se llegó a decir incluso que “no había joven más agraciado en el mundo que el príncipe de Gales”. Las infidelidades de su esposo la atormentaron terriblemente, pero lo que más la desquició fue la imposibilidad de concebir hijos varones para satisfacer las exigencias de su cónyuge y las de Inglaterra. Fueron muchos los intentos y sufrimientos que padeció (unido a las condiciones de la época pues para entonces no existían ni ecosonogramas, ni amiosintesis, ni pruebas de embarazo, ni médicos especialistas en fertilidad que la pudieran ayudar a lograr su cometido). Todo se dejaba a la gracia divina, a la buena suerte, a los presagios de astrólogos y brujas que nunca daban “pie con bola”.
Catalina hizo lo posible y hasta lo imposible y ni siquiera por tanto sacrificio fue debidamente agradecida. Engendró un primer hijo varón en 1510, pero éste murió tras el alumbramiento; luego concibió a otro, pero éste sufrió el mismo destino que su antecesor, al morir 52 días después de su nacimiento. Un aborto en 1513, otro parto en 1514 y finalmente, un nacimiento exitoso pero –tristemente- de sexo femenino: una niña, llamada María I de Inglaterra en 1516, quien pese a las batallas desencadenadas por su madre, nunca pudo coronarse Reina. ¡En menos de 6 años, Catalina estuvo embarazada 5 veces! Un índice incluso más alto que la tasa de embarazos y abortos de la Maternidad Concepción Palacios. El nacimiento de un varón se hacía esencial para Enrique VIII, hasta que apareció la femme fatale, Ana Bolena. Con la entrada en escena de ésta última, quien fuera tildada de cortesana malvada y hereje, la historia dio un giro completamente inesperado. Enrique VIII, rendido ante los encantos de Ana, humilló a Catalina, hasta el punto de despojarla de su título de Reina Consorte; se separó de la Iglesia Católica desafiando al mismísimo Vaticano y a sus aliados españoles y de paso, la confinó en Ampthill, en Buckden y en el castillo de Kimbolton hasta el fin de sus días. Todo esto por no haberle dado un hijo varón.
Pues bien, yo creo que si Catalina hubiese sabido de mi existencia, la envidia la hubiese corroído mucho más que cuando tuvo que convivir con la descarada Ana Bolena en la Corte. Es más, estoy segura que hasta me hubiese ofrecido ser su cortesana recompensándome con títulos y metales preciosos para obtener un poco de lo que para ella es mi buena suerte. Primero, porque a mis padres nunca se les ocurrió comprometerme en contra de mi voluntad. Las veces que aprobaron a algún novio de turno, en silencio rezaban para que se consolidara la unión pero en el fondo sabían de mi carácter rebelde y algo egoísta. ¡Así que yo decidía con quien estar! Por otro lado, casarse a temprana edad siempre me ha parecido un crimen contra la humanidad, más aún para las mujeres quienes, inexorablemente, de darse dicha circunstancia, terminan dejando a un lado parte de sus aspiraciones y metas personales para dedicarse a la casa, a los hijos e incluso al marido. Teniendo 34 años aún le tengo terror a todas las implicaciones que conlleva la vida en pareja. Y creo que para ella, la peor noticia es que, sin buscarlo, estoy embarazada de un muy sano varón que cada día crece más y más, ocupando grandes dimensiones de mi cuerpo y consumiendo casi toda mi energía. El día de mi última consulta, cuando finalmente supimos su sexo pensé mucho en Catalina de Aragón, quien siempre deseó un descendiente varón para asegurar la continuación de la dinastía Tudor y nunca pudo. Y a mí se me hizo tan fácil y tan natural, sin presiones ni mil intentos. El día que mi bebé nazca la recordaré más que nunca y cuando crezca le contaré esta historia para que vea lo mucho que han sufrido las mujeres durante tantos y tantos años. Por eso, yo también quería un varón…
Caracas, mayo 2010.
Las frases citadas fueron tomadas del libro de Antonia Fraser: “Las Seis Esposas de Enrique VIII”. Editorial Javier Vergara, 1998.
Cuando Virginia Graham y Veronica “Ronnie” Howard terminaron de escuchar la historia se quedaron en silencio, pensativas y algo asustadas. No tanto por ser ajenas al nerviosismo implícito que conlleva cometer delitos ni mucho menos por la angustia de verse perseguidas por la ley. Ellas habían experimentado esas sensaciones en múltiples oportunidades. Esta vez el miedo radicaba en que, quien relató lo escuchado, parecía estar “iluminada” por algún designio espiritual, tan chiflada como el supuesto Mesías a quién rendía culto y nada más y nada menos compartía junto a ellas, la celda 800 de la California State Prison. Dispersa y algo efusiva, Susan Denise Atkins pidió un sorbo de agua para calmar su sed y sin más relatos que contar decidió alistarse para dormir, el reloj del pasillo marcaba las dos treinta y tres de la madrugada y sus fuerzas no daban para más intercambio de palabras.Mientras, las otras dos se miraban atónitas y entre murmullos y susurros decidieron esperar a que su compañera se rindiera en el más profundo de los sueños para comentar cada una de las piezas de ese truculento rompecabezas.
En medio de la penumbra recapitularon cada una de las frases con las que iniciaron la conversación. Ambas recordaron que todo había comenzado discutiendo sobre las alucinaciones que producía el LSD cuando lo tomaban con alcohol y una dosis de buen sexo. De repente, con cierta emoción incontrolada, Susan Denise se exaltó de tal manera que sus palabras fluyeron sin cesar, sin dar tregua entre una y otra, como el torrente sanguíneo que estalla tras una herida en las venas. Habló de una supuesta profecía apocalíptica que tendría como escenario Spahn Ranch, el caserío perdido en el Death Valley en el que vivía junto con otros “fieles” y en la que un tal “Charles” tomaría el liderazgo de la guerra entre “blancos y negros”. Ante la sorpresa de quienes escuchaban sus desvaríos, Susan Denise recobró la calma, respiró profundamente y con la mirada perdida y las rodillas abrazadas hacia su pecho, fijó la mirada en Virginia y mencionó las siguientes palabras:
-“Mirándote a los ojos puedo percibir que eras una buena persona, por ello llegó la hora de que sepas toda la verdad. La policía no tiene ni la menor idea sobre las muertes ocurridas en Benedict Canyon. ¡Son unos estúpidos si piensan que sus pistas los conducirán a los asesinos!”
-“¿De qué hablas Susan? ¿A qué te refieres con eso del Benedict Canyon?” –respondió Virginia preocupada.
-“Pues no has oído hablar de Sharon Tate, Jay Sebring y los otros?”
-“Si, sé que murieron hace unas semanas pero conoces quién cometió los asesinatos? ¿Qué sabes y qué tienes en mente?”
-“Si, los conozco. En estos momentos estás mirando a una de las asesinas”.
Volvió el silencio. Verónica, acostada en su litera, sintió escalofríos al ver cómo Susan pasaba de la euforia a una especie de limbo exagerado, al letargo que se produce luego de explayar con detalles la verdad retenida. Cada hecho relatado contenía una dosis macabra e inescrupulosa de acciones que si bien parecían ficticias, sacadas de una novela oscura y sórdida, no dejaban dudas de ser producto de la más terrible realidad: las puñaladas en el cuerpo de las víctimas, los gritos de terror de Sharon Tate pidiendo ayuda con un bebé de ocho meses en su vientre, los disparos en el jardín, los efectos de la cocaína ingerida, la exaltación que siente el victimario al percibir el poder que tiene frente a la víctima, las canciones de Los Beatles y su conocida “Helter Skelter”, las órdenes de Charles Manson, la hermandad que siempre obtuvo de “La Familia”, las súplicas de Leno y Rosemary La Blanca, esa extraña pareja adinerada que sufrió el mismo destino que los primeros cinco, veinticuatro horas después. Todo ello se confabulaba para estimularla a dar fin a la vida de estos pobres seres, quienes morían degollados, uno a uno, en la más patética de las carnicerías.
Ataron cabos, se pusieron de acuerdo. Esta mujer que cohabitaba con ellas tras las rejas había sido partícipe del escándalo, de la terrible muerte de la esposa del famoso director Roman Polanski y de otros sangrientos homicidios ocurridos antes y después de esa noche espantosa del 09 de agosto de 1969. No cabía la menor duda, por más imaginación que se pueda tener, relatar con tanta precisión unos hechos tan atroces y salvajes sólo puede provenir de alguien que no sólo los presenció en primera fila, sino que además participó en la ejecución de cada una de las muertes. Por ello el miedo, la sensación de peligro, la necesidad de decírselo a quiénes custodiaban los pasillos de la cárcel. En un tácito acuerdo, decidieron esperar el sonido del timbre que indicaba la rutina diaria. Horas después, Virginia Graham advertía a sus celadores que Susan Denise Atkins había pasado toda la noche contando historias terribles y que pese a ciertas demostraciones de locura, ella aseguraba haber perpetrado espantosos crímenes en las afueras de Los Ángeles bajo las órdenes de un tal “Gurú” Charles Manson.
Semanas después, el fiscal acusador Vincent Bugluosi levantaba cargos contra los miembros de “La Familia Manson” en lo que fue uno de los crímenes más sonados de los años 60´ en los Estados Unidos. El móvil nunca fue precisado; para unos se trataba de una secta satánica que buscaba algún tipo de venganza contra la lujuria en la que vivían las personas que fueron asesinadas, inspirados todos en las melodías de Los Beatles. Este supuesto, conjugado con los discursos místicos y semi-religiosos de un supuesto fin del mundo, influyeron en las débiles mentes de los delincuentes quienes seguían a ciegas las decisiones del líder del grupo. Para otros, una venganza planeada contra Terry Melcher, un productor que se había negado a grabar canciones de Charles Manson por considerarlo un músico mediocre, antiguo arrendatario de la casa donde se encontraban los cadáveres, había sido el motivo principal de tan cruenta historia. Lo cierto es que nunca se conocieron a ciencia cierta los motivos de estos terribles acontecimientos y pese a haber sido sentenciados a la pena de muerte, varios de los miembros de “La Familia Manson” siguen con vida pagando sus crímenes con cadena perpetua, resultado de un cambio en la legislación californiana. Los familiares de las víctimas, luego de muchos años, aún buscan las respuestas a tantas y tantas preguntas, quizás también entonando una de las frases de esa tan extraña Helter Skelter: “Tell me tell me tell me the answer”.