Tuesday, June 14, 2011

ASANA MANTRA


Estimados amigos:

La maravillosa idea de Lilian Tintori de llevar YOGA a la Plaza me enamoró desde el primer día en que supe de ella. Por eso la contacté y le dije que quería ayudarla a corregir las posturas de quienes participaban cada lunes en la noche, a estar cerca y pendiente de cada uno de ustedes. Ruth, mi secretaria bella y eficiente, también me alentó a acercarme porque la "movida" era espectacular. Y ciertamente lo ha sido. Junto con Sasa, Franco y Anita, cada semana estamos motivando a más y más personas a ponerse en contacto con la energía que irradia de nosotros mismos, en armonía con nuestro cuerpo, mente y espíritu.

Ayer me tocó a mí ser la "profe" y la pasé increíble. Estoy feliz por ello. Me hicieron recordar las miles de horas en Ottawa estudiando los "asanas" y los "Limbs del Yoga" de mi Teacher Trainning Program. Curiosamente mi bebé Diego se portó mejor que nunca (estuvo en savásana toda la clase) y mi esposo Freddy me acompañó durante toda la práctica. GRACIAS a todos por ir, a mis padres que, pese a estar de viaje ahorita por Israel, siempre se hacen presentes en mi vida y gracias a Lilian por tanto cariño y sencillez. Somos un equipo y créeme, me he sentido parte de él.

Les prometí el Mantra que entonamos anoche y aquí va... poco a poco nos lo aprenderemos para cantarlo a una sola voz. Namasté!




Vande Gurunam charanaravinde

Sandarshita svatmasukavabodhe

Nishreyase jangalikayamane

Samsara halahala mohashantyai

Abahu purushakaram

Shankhacakrsi dharinam

Sahasra sirasam svetam

Pranamami patanjalim


Lo que significa...

Yo rezo a los pies de loto del supremo guru.
Quien me enseña el buen conocimiento,
mostrándome el camino para conocer
el despertar del ser, la gran felicidad.
Quien es el doctor de la jungla,
capaz de remover a la persona de la
ignorancia de la existencia condicional.

Monday, October 25, 2010

José Feliciano a todo volúmen

Para decir adiós



Ven siéntate a mi lado, hablemos un momento
tengo algo que decirte que tu debes saber
es cierto que te amaba, no me arrepiento,
pero el amor escapa y ya no ha de volver.

No quiero que te afanes pensando que tal vez
tu logres que me quede a tu lado
prefiero no mentirte, ya nada puedo hacer
te juro que en verdad ya lo he pensado.

Para decir adiós vida mía
y te estaré por siempre agradecido
me acordaré de ti algún día
para decir adiós solo tienes que decirlo.

Comprendo por mi parte, tu triste decisión
y aunque el corazón lo tengo herido.
Si no puedo tenerte, entonces pues adiós
no podemos fingir, cuando el amor se ha ido.

No quiero que te afanes, pensando que tal vez
yo en ti logre que me quede a tu lado.
Guardemos el recuerdo de la primera vez
del amor que ambos hemos dado.

Para decir adiós vida mía
y te estaré por siempre agradecido
me acordaré de ti algún día
para decir adiós solo tienes que decirlo.

Tuesday, July 13, 2010

Honestidad Brutal




Originalmente este post tenía otro nombre, pero Ernesto Gugig -viejo amigo no tanto porque seamos viejos sino porque nos conocemos desde hace tiempo-, me sugirió que siguiendo siempre a Calamaro, utilizara "Honestidad Brutal" por estar más en sintonía con todas las frases que digo en estos párrafos... pensándolo bien, tiene mucha razón y como en mi blog tengo absoluta libertad pues le tomé la palabra y efectué el cambio. El resto del post lo mantuve igual!

Tengo crisis de mediocridad. La rutina, la vida simple, lo común y corriente, hacer lo mismo de siempre: los lunes comenzar la semana, el trabajo tedioso y extremadamente aburrido, los viernes al cine o a cenar, el carro en el taller, el abandono de los espacios y más aún el irrespeto a mis espacios, la desidia de quienes viven en esta ciudad castigada por el destino, el país que nos tocó… todo esto y un futuro sin Norte, sin ese Norte que dejé y que extraño a rabiar, me están volviendo loca.

Antes se tenía al triatlón para aliviar el ocio o una montaña para tener la ilusión, los buenos libros para pasar el fastidio, las películas de autor para sumergirse en problemas más interesantes; ahora es diferente, ahora resulta que hay que compartir pero más aún ceder, ceder, ceder hasta el infinito y sin esperar nada a cambio (¡bull shit!), calarse malcriadeces y llantenes de quiénes de un día para otro pasaron a ser parte de tu entorno, los atropellos, la falta de respeto. En fin, tengo la crisis del “Hombre Mediocre” de José Ingenieros.

Para aliviar la carga me sumerjo en las cosas que me apasionan y que todavía prevalecen en estar precaria existencia: el rock de Calamaro o los 19 Días y 500 Noches de Sabina, la escritura, la espera del hijo, el aferrarme a la idea de buscar visa para un sueño, las decisiones que hay que tomar para saldar las deudas pendientes. De vez en cuando se ve una luz al final del túnel aunque sea tenue y a ratos borrosa.

Aquí va la letra de una canción que he escuchado unas veinte veces. Me gusta, la oigo y la canto, la disfruto en el carro para dejar pasar las imágenes del deterioro, para evitar la angustia que produce el acercamiento de una moto con par de malandros al volante preparados para robarte y producir en uno la mayor de las impotencias o la arbitrariedad de quienes van en la autopista desacatando señales y normas básicas de co-existencia. No más palabras…


Los chicos/ Andrés Calamaro

Si te toca ir arriba, antes que yo,
porque existe la vida eterna,
lleva de parte mía un cucumelo,
por si no llovía en el cielo,

Y de parte de los 22,
se lo das al chico cuartetero,
y dale un abrazo muy largo,
a mis amigos que se fueron primero…

También lleva algunas canciones de nosotros,
Que van a causar gran posterioridad,
Supongo que habrá una ciudad entera
y me sirve de consuelo, si me esperas allá.

Muchos amigos se fueron antes que yo,
y me dejaron solo,
por eso si el invierno hace frío,
también bajo al infierno un poco

Supongo que nadie se va del todo,
espero que exista algún lugar,
donde los chicos escuchen mis canciones,
aunque no los escuche opinar.

Toma una lista de mis amigos ,
quiero convencerlos que vuelvan conmigo,
si no van a esperar mucho, y hace mucho
que los quiero ver.

Por eso si el invierno hace frío,
también bajo al infierno un poco, al infierno un poco.

Toma una lista de mis amigos ,
quiero convencerlos que vuelvan conmigo,
si no voy a esperar mucho, y hace mucho
que los quiero ver.

Monday, June 7, 2010

“Estado de Gravidez”




Estoy embarazada, tengo un bebé flotando en el centro de mi cuerpo que no estaba en mis planes. Pese a tener 34 años, aún no me había planteado la posibilidad de ser mamá, entre otras cosas, porque todavía pensaba que quedaban muchísimos viajes por hacer, montañas, triatlones de larga distancia, maratones interminables, libros, películas, vida en pareja, mucho vino tinto y como dice un amigo: “sexo, droga y rock and roll”. Pero una mañana de enero, tras varios días de retraso y de hacer promesas a Shiva y a Ganesh para que todo fuera eso, un retraso (“si no estoy embarazada prometo no tomar Merlot por un mes”, “si no es embarazo, prometo dejar el chocolate y hacer el bien, no pelear con la ex –esposa de mi novio y ordenar la casa para una mejor convivencia en pareja”), compramos de emergencia una prueba de embarazo que además de afirmar con una “X” gigante que estaba en cinta, me hizo descubrir también que dichos dispositivos nunca fallan en sus resultados.

Pero como soy tozuda y escéptica, le pedí a Freddy que fuésemos a un Laboratorio para una muestra de sangre. Tenía que corroborarlo con la ciencia, tenía que leer qué tan elevado estaba mi índice de “gonodotropina coriónica” (palabras que también aprendí durante mi espera) para comprobar que la falta de menstruación era la consecuencia directa de la existencia de un individuo dentro de mí. Y señores, ¡qué contrariedad!. Desde ese día tengo mil dudas en mi cabeza, entre ellas, escribir este post, casarme o no, evitar engordar más de lo debido, explicarle a mis padres que ahora serían abuelos, decirle a mi suegra (quien aún no es “legalmente” mi suegra) que tendría otro nieto pero que éste vendría de una pareja que vive en pecaminoso concubinato (o como dicen los canadienses, “in common law”), explicarle a Víctor Javier y a Juan Andrés (los hijos de Freddy) que tendrían un hermano menor, el cómo organizar mi nueva vida, las implicaciones de ser mamá, el país en el que va a nacer, el futuro. Todo ello sin aún haber experimentado los síntomas propios del embarazo, que si bien debo confesar no han sido nada graves, complican aún más la vulnerabilidad de quienes transitamos por este camino.

Por ello nuestra legislación y muchas en Hispanoamérica, luego de observar y evaluar el comportamiento de sus féminas, acertaron exitosamente en utilizar la terminología “estado de gravidez” como sinónimo de “embarazo”. Tampoco se equivocaron los romanos cuando llamaron “gravidanza” a estos nueve meses, ni nuestros ancestros bíblicos con la legendaria “parirás tus hijos con dolor”, porque seamos honestos, la cosa es grave: por más que nos laven el cerebro con lugares comunes y cuentos de hadas como “el embarazo es la etapa más bella que toda mujer puede experimentar” o “son nueve meses mágicos repletos de alegría”, la gestación, siendo un milagro increíble al cual rindo mi más profunda admiración, puede convertirse también en un tortuoso trayecto. Y valgan los siguientes ejemplos para ilustrar todo lo que afirmo, en algo que personalmente he descrito como las tres “H”: Hormonas, Hambre y Humor.
Humor: Y no precisamente del bueno o del que viven Laureano Márquez y Emilio Lovera. El mío es el vivo retrato de la más villana de las novelas de TV Azteca, es más, sin pecar de exagerada hay días que me siento como la mismísima Cruella de Ville cuando se entera que los 101 Dálmatas lograron escapar sin ser vistos por sus secuaces. Literalmente me convierto en el ser más insoportable del planeta, amanezco como si odiara al mundo y a todos quienes habitan en él. Desde la conserje de mi edificio hasta mi jefe pueden convertirse en víctimas de mis desaires; y qué decir del padre de la criatura quien si luego de esta prueba persiste en su idea de estar conmigo, se convertirá en el ser que más me amado en la vida. ¿Las razones? No las sé, lo que sí sé es que cualquier pretexto es perfecto para pedir disculpas por el pésimo humor y tratar de enmendar la situación.

El tema del Hambre es todo un acertijo. Durante los primeros meses quería comerme la nevera completa, no había ración decente que saciara mi apetito y apenas pasaban tres horas cuando ya sentía el despertar de un monstruo en mi interior: los sonidos que producía mi estómago se podían escuchar a tres leguas de distancia. Lo increíble del caso era que en las madrugadas y luego de terminar mis sesiones de entrenamiento, las náuseas me enloquecían y lo que podía constituirse como excusa perfecta para evitar ingerir calorías extras, simplemente se tornaba en una efímera ilusión, desapareciendo todo apenas el reloj marcaba la hora de las comidas. Y ¡SAS! de nuevo al ruedo de la gula y la hambruna. ¡Vaya engaño el que mentalmente me hacía! Después de esas primeras vuelve todo a la normalidad, pero con unos cuántos kilos encima…

Finalmente las Hormonas. Freddy dice que las mujeres sufrimos de una cierta disfunción emocional cada 28 días y que durante el embarazo, la situación no se interrumpe, se hace continuada. Pese a lo machista de sus conclusiones no deja de tener cierta razón. Han habido días donde mi parecido con un hipopótamo es tan igual al que refleja el espejo de mi cuarto cuando me acerco; en otras ocasiones sucede diametralmente lo contrario, mi barriga parece el fetiche más sexy que haya creado la revista Playboy. Por ello los franceses también utilizaron un léxico apropiado para describir esta etapa, “grossesse”. La ropa pareciera encogerse y todo queda tan ajustado que se pierden hasta las esperanzas de un segundo intento (ese en el que nos tiramos en la cama para que los pantalones se deslicen con mayor facilidad); las posturas que antes parecían facilísimas de hacer en mis clases de yoga ahora se convierten en complicados actos de contorsionismo parecidos a los que ejecutan las asiáticas del Cirque Du Soleil. Entonces uno se pregunta: ¿cómo no estar hormonalmente inestable si es el mismo cuerpo el que cambia todos los días?
Ni hablar de los comentarios, consejos y advertencias de las personas que te rodean; como el correo que recibí de una amiga hace pocos días en el que me decía que todo era bello, que ella se sentía radiante, maravillosa, casi que una femme fatale cuando estaba embarazada, que su esposo era bello así como bello también era su primer bebé, que cada mañana se sentía como una candidata al Miss Venezuela pese a los seis kilos que llevaba encima… ni le respondí! Quizás esté pasando por uno de esos altibajos. Quizás hoy no sea mi mejor día, ya pronto terminará este “estado de gravidez” y todo volverá a la normalidad… ahora con un bebé!

Wednesday, May 19, 2010

Catalina de Aragón y yo


Todo parece indicar que Catalina de Aragón y de Castilla, hija de Fernando II, Rey de Aragón e Isabel de Castilla (mejor conocida como Isabel “la Católica”) vino a este mundo a pasar penurias y tristezas, pese a ostentar los más prestigiosos títulos a los que cualquier mortal pudiera aspirar. Desde temprana edad hasta su muerte, siempre estuvo entre la espada y la pared, sufriendo los designios de quienes dirigían su destino, más atentos a los intereses y alianzas políticas que a su propia felicidad. Como bien aconsejó Hernando de Pulgar a la Reina en 1478, “Si su Alteza nos da dos o tres hijas más, en el curso de los veinte años tendréis el placer de ver a vuestros hijos y nietos en todos los tronos de Europa”, porque el nacimiento de mujeres, pese a equipararse a un castigo (debido a las leyes Sálicas que imperaban en ciertas partes del viejo continente), aseguraba la alianza con los varones herederos de otros reinos. Y así sucedió con Catalina: a los dos años su padre ya barajaba la posibilidad de comprometerla con Arturo, príncipe de Gales e hijo del Rey Enrique VII, para derrotar en conjunto a la vecina Francia. Para 1500-valga resaltar, a sus 15 años- la infanta ya estaba comprometida y enviada a la distante Woodstock para las ceremonias oficiales. Es allí, en la flemática y gris Inglaterra donde comienza su largo calvario: desde verle la cara por primera vez a su futuro esposo, aprender el idioma y acostumbrarse a la cultura anglosajona, hasta lidiar con cada uno de los integrantes de la Corte Inglesa.

La relación con Arturo duró muy poco. Y no precisamente por incompatibilidad de caracteres, sino porque con apenas unos meses de casados y sin que el matrimonio se consumara, Arturo enfermó de una extraña peste denominada “la enfermedad de la transpiración” y murió sin poder ni siquiera ver a su consorte en “paños menores”. La joven Princesa de Gales quedó viuda, a la deriva y con un futuro tan incierto como el de cualquier país del Tercer Mundo. Para evitar que la niña y su nada despreciable dote fueran devueltas a España, Enrique VII llegó incluso a maquinar la incestuosa idea de casarse con su nuera, situación que fue evitada gracias a la reacción de Fernando e Isabel; antes de ver a su pequeña involucrada con un viejo baboso y “asaltacunas”, aceptaron que Catalina se casara con su joven cuñado, Enrique VIII, quien al menos sería contemporáneo con ella y no le causaría tanto miedo a la hora de ir al lecho nupcial. Tras resolver el gran dilema que representaba si la niña aún era virgen o no (de haber perdido su virginidad, otra historia hubiese ocurrido), se decidió que para continuar con la alianza anglo-española y los jugosos beneficios de esta unión, el Papa emitiría una dispensa mediante la cual se aboliría cualquier impedimento para el nuevo compromiso y al verano siguiente (porque esta gente no andaba con retrasos burocráticos ni dilaciones eternas como en nuestra Asamblea Nacional) la niña volvería a vestir de blanco para casarse por segunda vez.

Su nuevo marido resultó ser todo un galán de cine, quien no sólo conquistó el corazón de su inocente esposa, sino el de muchas jovencitas quienes muy gustosas y sin dudarlo, pasaban la noche con el Soberano. Se llegó a decir incluso que “no había joven más agraciado en el mundo que el príncipe de Gales”. Las infidelidades de su esposo la atormentaron terriblemente, pero lo que más la desquició fue la imposibilidad de concebir hijos varones para satisfacer las exigencias de su cónyuge y las de Inglaterra. Fueron muchos los intentos y sufrimientos que padeció (unido a las condiciones de la época pues para entonces no existían ni ecosonogramas, ni amiosintesis, ni pruebas de embarazo, ni médicos especialistas en fertilidad que la pudieran ayudar a lograr su cometido). Todo se dejaba a la gracia divina, a la buena suerte, a los presagios de astrólogos y brujas que nunca daban “pie con bola”.

Catalina hizo lo posible y hasta lo imposible y ni siquiera por tanto sacrificio fue debidamente agradecida. Engendró un primer hijo varón en 1510, pero éste murió tras el alumbramiento; luego concibió a otro, pero éste sufrió el mismo destino que su antecesor, al morir 52 días después de su nacimiento. Un aborto en 1513, otro parto en 1514 y finalmente, un nacimiento exitoso pero –tristemente- de sexo femenino: una niña, llamada María I de Inglaterra en 1516, quien pese a las batallas desencadenadas por su madre, nunca pudo coronarse Reina. ¡En menos de 6 años, Catalina estuvo embarazada 5 veces! Un índice incluso más alto que la tasa de embarazos y abortos de la Maternidad Concepción Palacios. El nacimiento de un varón se hacía esencial para Enrique VIII, hasta que apareció la femme fatale, Ana Bolena. Con la entrada en escena de ésta última, quien fuera tildada de cortesana malvada y hereje, la historia dio un giro completamente inesperado. Enrique VIII, rendido ante los encantos de Ana, humilló a Catalina, hasta el punto de despojarla de su título de Reina Consorte; se separó de la Iglesia Católica desafiando al mismísimo Vaticano y a sus aliados españoles y de paso, la confinó en Ampthill, en Buckden y en el castillo de Kimbolton hasta el fin de sus días. Todo esto por no haberle dado un hijo varón.

Pues bien, yo creo que si Catalina hubiese sabido de mi existencia, la envidia la hubiese corroído mucho más que cuando tuvo que convivir con la descarada Ana Bolena en la Corte. Es más, estoy segura que hasta me hubiese ofrecido ser su cortesana recompensándome con títulos y metales preciosos para obtener un poco de lo que para ella es mi buena suerte. Primero, porque a mis padres nunca se les ocurrió comprometerme en contra de mi voluntad. Las veces que aprobaron a algún novio de turno, en silencio rezaban para que se consolidara la unión pero en el fondo sabían de mi carácter rebelde y algo egoísta. ¡Así que yo decidía con quien estar! Por otro lado, casarse a temprana edad siempre me ha parecido un crimen contra la humanidad, más aún para las mujeres quienes, inexorablemente, de darse dicha circunstancia, terminan dejando a un lado parte de sus aspiraciones y metas personales para dedicarse a la casa, a los hijos e incluso al marido. Teniendo 34 años aún le tengo terror a todas las implicaciones que conlleva la vida en pareja. Y creo que para ella, la peor noticia es que, sin buscarlo, estoy embarazada de un muy sano varón que cada día crece más y más, ocupando grandes dimensiones de mi cuerpo y consumiendo casi toda mi energía. El día de mi última consulta, cuando finalmente supimos su sexo pensé mucho en Catalina de Aragón, quien siempre deseó un descendiente varón para asegurar la continuación de la dinastía Tudor y nunca pudo. Y a mí se me hizo tan fácil y tan natural, sin presiones ni mil intentos. El día que mi bebé nazca la recordaré más que nunca y cuando crezca le contaré esta historia para que vea lo mucho que han sufrido las mujeres durante tantos y tantos años. Por eso, yo también quería un varón…

Caracas, mayo 2010.

Las frases citadas fueron tomadas del libro de Antonia Fraser: “Las Seis Esposas de Enrique VIII”. Editorial Javier Vergara, 1998.

Monday, May 3, 2010

“Tell me tell me tell me the answer”. Helter Skelter, canción de Los Beatles.



Cuando Virginia Graham y Veronica “Ronnie” Howard terminaron de escuchar la historia se quedaron en silencio, pensativas y algo asustadas. No tanto por ser ajenas al nerviosismo implícito que conlleva cometer delitos ni mucho menos por la angustia de verse perseguidas por la ley. Ellas habían experimentado esas sensaciones en múltiples oportunidades. Esta vez el miedo radicaba en que, quien relató lo escuchado, parecía estar “iluminada” por algún designio espiritual, tan chiflada como el supuesto Mesías a quién rendía culto y nada más y nada menos compartía junto a ellas, la celda 800 de la California State Prison. Dispersa y algo efusiva, Susan Denise Atkins pidió un sorbo de agua para calmar su sed y sin más relatos que contar decidió alistarse para dormir, el reloj del pasillo marcaba las dos treinta y tres de la madrugada y sus fuerzas no daban para más intercambio de palabras.Mientras, las otras dos se miraban atónitas y entre murmullos y susurros decidieron esperar a que su compañera se rindiera en el más profundo de los sueños para comentar cada una de las piezas de ese truculento rompecabezas.

En medio de la penumbra recapitularon cada una de las frases con las que iniciaron la conversación. Ambas recordaron que todo había comenzado discutiendo sobre las alucinaciones que producía el LSD cuando lo tomaban con alcohol y una dosis de buen sexo. De repente, con cierta emoción incontrolada, Susan Denise se exaltó de tal manera que sus palabras fluyeron sin cesar, sin dar tregua entre una y otra, como el torrente sanguíneo que estalla tras una herida en las venas. Habló de una supuesta profecía apocalíptica que tendría como escenario Spahn Ranch, el caserío perdido en el Death Valley en el que vivía junto con otros “fieles” y en la que un tal “Charles” tomaría el liderazgo de la guerra entre “blancos y negros”. Ante la sorpresa de quienes escuchaban sus desvaríos, Susan Denise recobró la calma, respiró profundamente y con la mirada perdida y las rodillas abrazadas hacia su pecho, fijó la mirada en Virginia y mencionó las siguientes palabras:

-“Mirándote a los ojos puedo percibir que eras una buena persona, por ello llegó la hora de que sepas toda la verdad. La policía no tiene ni la menor idea sobre las muertes ocurridas en Benedict Canyon. ¡Son unos estúpidos si piensan que sus pistas los conducirán a los asesinos!”

-“¿De qué hablas Susan? ¿A qué te refieres con eso del Benedict Canyon?” –respondió Virginia preocupada.

-“Pues no has oído hablar de Sharon Tate, Jay Sebring y los otros?”

-“Si, sé que murieron hace unas semanas pero conoces quién cometió los asesinatos? ¿Qué sabes y qué tienes en mente?”

-“Si, los conozco. En estos momentos estás mirando a una de las asesinas”.

Volvió el silencio. Verónica, acostada en su litera, sintió escalofríos al ver cómo Susan pasaba de la euforia a una especie de limbo exagerado, al letargo que se produce luego de explayar con detalles la verdad retenida. Cada hecho relatado contenía una dosis macabra e inescrupulosa de acciones que si bien parecían ficticias, sacadas de una novela oscura y sórdida, no dejaban dudas de ser producto de la más terrible realidad: las puñaladas en el cuerpo de las víctimas, los gritos de terror de Sharon Tate pidiendo ayuda con un bebé de ocho meses en su vientre, los disparos en el jardín, los efectos de la cocaína ingerida, la exaltación que siente el victimario al percibir el poder que tiene frente a la víctima, las canciones de Los Beatles y su conocida “Helter Skelter”, las órdenes de Charles Manson, la hermandad que siempre obtuvo de “La Familia”, las súplicas de Leno y Rosemary La Blanca, esa extraña pareja adinerada que sufrió el mismo destino que los primeros cinco, veinticuatro horas después. Todo ello se confabulaba para estimularla a dar fin a la vida de estos pobres seres, quienes morían degollados, uno a uno, en la más patética de las carnicerías.

Ataron cabos, se pusieron de acuerdo. Esta mujer que cohabitaba con ellas tras las rejas había sido partícipe del escándalo, de la terrible muerte de la esposa del famoso director Roman Polanski y de otros sangrientos homicidios ocurridos antes y después de esa noche espantosa del 09 de agosto de 1969. No cabía la menor duda, por más imaginación que se pueda tener, relatar con tanta precisión unos hechos tan atroces y salvajes sólo puede provenir de alguien que no sólo los presenció en primera fila, sino que además participó en la ejecución de cada una de las muertes. Por ello el miedo, la sensación de peligro, la necesidad de decírselo a quiénes custodiaban los pasillos de la cárcel. En un tácito acuerdo, decidieron esperar el sonido del timbre que indicaba la rutina diaria. Horas después, Virginia Graham advertía a sus celadores que Susan Denise Atkins había pasado toda la noche contando historias terribles y que pese a ciertas demostraciones de locura, ella aseguraba haber perpetrado espantosos crímenes en las afueras de Los Ángeles bajo las órdenes de un tal “Gurú” Charles Manson.

Semanas después, el fiscal acusador Vincent Bugluosi levantaba cargos contra los miembros de “La Familia Manson” en lo que fue uno de los crímenes más sonados de los años 60´ en los Estados Unidos. El móvil nunca fue precisado; para unos se trataba de una secta satánica que buscaba algún tipo de venganza contra la lujuria en la que vivían las personas que fueron asesinadas, inspirados todos en las melodías de Los Beatles. Este supuesto, conjugado con los discursos místicos y semi-religiosos de un supuesto fin del mundo, influyeron en las débiles mentes de los delincuentes quienes seguían a ciegas las decisiones del líder del grupo. Para otros, una venganza planeada contra Terry Melcher, un productor que se había negado a grabar canciones de Charles Manson por considerarlo un músico mediocre, antiguo arrendatario de la casa donde se encontraban los cadáveres, había sido el motivo principal de tan cruenta historia. Lo cierto es que nunca se conocieron a ciencia cierta los motivos de estos terribles acontecimientos y pese a haber sido sentenciados a la pena de muerte, varios de los miembros de “La Familia Manson” siguen con vida pagando sus crímenes con cadena perpetua, resultado de un cambio en la legislación californiana. Los familiares de las víctimas, luego de muchos años, aún buscan las respuestas a tantas y tantas preguntas, quizás también entonando una de las frases de esa tan extraña Helter Skelter: “Tell me tell me tell me the answer”.